Cada vez que en Ucrania se habla de un "sistema fiscal justo", la sociedad se paraliza de expectación y los políticos, atemorizados. La reforma fiscal es uno de esos problemas que lleva años sin resolverse. Y la razón principal no es la falta de proyectos de ley ni de especialistas. Se encuentra en la esencia misma del sistema.
En 2018, el presidente estadounidense Donald Trump impuso aranceles proteccionistas a las importaciones chinas. En respuesta, los mercados cayeron y la fortuna personal de Trump se redujo en 500 millones de dólares. Este es el precio de una decisión política en beneficio de la economía estadounidense. En Ucrania, tal escenario es simplemente fantástico.
Ningún funcionario o diputado ucraniano se arriesgará a tomar una decisión fiscal que afecte a su negocio o al de su círculo cercano.
Así es como luce el modelo tributario actual:
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Exportación de materias primas: los derechos son cero (excepción: chatarra), el IVA se devuelve íntegramente.
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Importaciones: prácticamente ilimitadas, incluso en sectores sensibles donde el productor nacional sufre.
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Lujo: sin impuestos especiales. Autos de lujo, yates, edificios de apartamentos... todo sin impuesto sobre el patrimonio.
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Alquiler por el uso del subsuelo: unos escasos 1.500 millones de grivnas al año, aunque estamos hablando de volúmenes de recursos multimillonarios.
¿Quién ganará?
Los beneficiarios son varios grupos financieros e industriales que controlan la exportación de materias primas (metales, productos agrícolas y minerales). Se estima que, desde 2014, estos actores han retirado más de 50 000 millones de dólares del país sin crear ningún fondo de estabilización ni de reserva.
Su impuesto sobre la renta es, en promedio, del 18%, mientras que, por ejemplo, los gigantes petroleros europeos pagan entre el 25% y el 30%. El efecto es evidente: los oligarcas se enriquecen, el presupuesto se empobrece.
¿Quién paga el "banquete"?
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Ciudadanos, debido a los impuestos especiales, al aumento del IVA y al incremento general de precios.
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Pequeñas empresas - debido a las constantes amenazas de eliminación del sistema tributario simplificado y a la presión fiscal.
Es decir, quienes no tienen sociedades offshore ni lobbystas en el Parlamento son los que más pagan.
El principal obstáculo para cualquier reforma es la Rada Suprema. La escala impositiva progresiva supone un duro golpe para los bolsillos de los diputados, ministros y sus familias. Por eso, las leyes que deberían cambiar la situación ni siquiera pasan la primera lectura.
En cambio, el Parlamento está considerando cambios que afectan a los más vulnerables: trabajadores autónomos, profesores, médicos y jubilados.
Esta pregunta se plantea con frecuencia en la sociedad. La respuesta es sencilla: en Escandinavia, las élites pagan entre el 45 % y el 60 % en impuestos, mientras que en Ucrania, suele ser menos que un taxista que trabaja en la sombra.
Hasta que la élite política ucraniana esté dispuesta a pagar por las reglas que pretende imponer a otros, la reforma fiscal seguirá siendo solo un eslogan. Y el presupuesto estatal seguirá siendo un agujero que se tapará a costa de quienes ya no tienen casi nada.

