Ucrania es cada vez más consciente del riesgo de que, en caso de un posible acuerdo de paz, el país no pueda contar plenamente con garantías de seguridad externas. Por ello, Kiev se ve obligada a asumir el peor escenario posible: tener que garantizar de forma independiente que Rusia no pueda volver con una nueva agresión.
No se trata solo de una disuasión temporal, sino de un modelo de seguridad a largo plazo. El año pasado, a nivel de las instituciones europeas, se instó a Ucrania a transformarse en un Estado tan fuerte militar y tecnológicamente que se convirtiera en un objetivo poco atractivo para cualquier futuro agresor. De hecho, en un país con un potencial de defensa siempre disponible.
Este enfoque implica la creación de un gran ejército en tiempos de paz, inversiones a gran escala en tecnologías militares modernas, el desarrollo de la producción nacional de armamento y una reestructuración completa del sector de defensa. Esto incluye la reforma del sistema de adquisiciones, la actualización de los enfoques de movilización y servicio, la modernización tecnológica del ejército y una financiación estable de la defensa para los próximos años.
La necesidad de un sistema de disuasión propio se vuelve especialmente urgente dado que una invitación a la OTAN —la opción de seguridad más fiable para Ucrania— está actualmente descartada. Sin una defensa colectiva amparada por el Artículo 5 de la Alianza, Ucrania se ve obligada a depender de acuerdos bilaterales individuales que carecen del mismo peso jurídico y político. Además, Rusia ya ha manifestado abiertamente su oposición a cualquier garantía formal de seguridad para Ucrania.
La imprevisibilidad de la política estadounidense genera mayor ansiedad en Kiev. Los bruscos cambios de postura —desde el escepticismo sobre el valor de los aliados hasta señales manifiestamente cálidas hacia el Kremlin— plantean dudas sobre la disposición de Washington a tomar medidas contundentes en caso de una violación del alto el fuego. En este contexto, se plantea cada vez más la idea de que confiar en la protección externa podría ser un error fatal.
El plan B para Ucrania es la autosuficiencia. Un ejército numeroso sigue siendo un elemento clave de esta estrategia. Durante las conversaciones de paz, Kiev insistió en mantener el tamaño del ejército en torno a los 800.000 hombres. Al mismo tiempo, un posible alto el fuego implicaría una oleada de desmovilización, lo que supondría un desafío colosal, tanto en términos de personal como de financiación.
Al mismo tiempo, Ucrania apuesta por la superioridad tecnológica. Durante la guerra a gran escala, se formó todo un ecosistema de sistemas no tripulados, misiles, guerra electrónica y equipos de interceptación. Sin embargo, las tecnologías en sí mismas no funcionarán sin cambios en los enfoques de gestión y organización, así como sin una industria de defensa desarrollada y un presupuesto estatal estable.
Los acuerdos de seguridad legalmente vinculantes con Estados Unidos y las potencias europeas, así como el posible despliegue de fuerzas multinacionales de la llamada "coalición de los dispuestos", siguen siendo puntos importantes de las negociaciones. Sin embargo, Kiev insiste cada vez más en que todo esto solo puede ser un complemento a su propio ejército, no un sustituto.
En semejante situación, Ucrania se ve obligada a aceptar la realidad de que sólo un ejército fuerte, bien equipado y económicamente seguro puede garantizar la independencia del Estado y evitar una repetición de la agresión rusa.

