Tras el accidente de la central nuclear de Chernóbil en 1986, muchos científicos supusieron que la zona circundante se convertiría en una zona muerta, donde la vida sería prácticamente imposible. Sin embargo, en las décadas transcurridas desde el desastre, la naturaleza ha demostrado lo contrario: numerosas especies de plantas, animales y microorganismos no solo han sobrevivido, sino que también se han adaptado a las condiciones de mayor radiación.
Uno de los organismos más inusuales que ha llamado la atención de los investigadores es el moho Cladosporium sphaerospermum. Este hongo es conocido desde hace tiempo por la ciencia, pero fue en la zona de exclusión de Chernóbil donde demostró una capacidad especial para crecer activamente en lugares con altos niveles de radiación.
Los investigadores han observado que el hongo no solo resiste la radiación, sino que también crece especialmente bien en las zonas más contaminadas con radionúclidos, lo que ha llevado a los científicos a especular que el organismo podría utilizar la radiación como fuente de energía.
Esta propiedad ha despertado el interés de especialistas que trabajan en la protección de las personas contra la radiación cósmica. Durante los vuelos espaciales, los astronautas están expuestos a niveles de radiación mucho más elevados que en la Tierra. Actualmente, se utilizan pantallas especiales para proteger las naves espaciales, pero estas aumentan considerablemente el peso de los dispositivos, y cada kilogramo adicional en el espacio resulta muy costoso.
Por lo tanto, los científicos buscan soluciones alternativas. Una de ellas es el uso de materiales biológicos capaces de absorber la radiación.
Para poner a prueba las capacidades del hongo Cladosporium sphaerospermum, los investigadores realizaron un experimento en la Estación Espacial Internacional. Una muestra del hongo fue enviada a órbita en un módulo especial CubeLab.
El experimento consistió en cultivar el hongo en una placa de Petri sellada. La mitad del recipiente se llenó con un medio nutritivo que contenía el hongo, mientras que la otra mitad se dejó vacía. Se colocaron sensores de radiación debajo de ambas mitades.
Los resultados revelaron un detalle interesante: los sensores situados bajo la capa de hongos registraron niveles de radiación ligeramente inferiores a los de la zona sin moho. Además, cuanto más gruesa era la capa de hongos, más notoria se volvía la diferencia.
Los autores del estudio recalcan que, por el momento, se trata solo de una prueba de concepto. El experimento fue pequeño y se necesita más investigación para llegar a conclusiones definitivas.
Sin embargo, los científicos sugieren que, en el futuro, dichos organismos podrían convertirse en la base de los llamados escudos antirradiación vivos: materiales biológicos que pueden proteger naves espaciales o incluso futuras colonias humanas en otros planetas.
Por lo tanto, los organismos que lograron sobrevivir en la zona del desastre de Chernóbil pueden ayudar a la humanidad en la exploración espacial.

